Punta de Mita Punta de Mita
Localizada en una península en forma de diamante en el extremo norte de la Bahía de Banderas, a 46 kilómetros del aeropuerto de Puerto Vallarta, Punta Mita yace como una perla sobre la bahía más grande de México. Su ubicación ofrece dobles vistas, tanto al Pacífico abierto como a las tranquilas aguas de la bahía. Playas de arena blanca abarcan una distancia de unos 16 kilómetros que gira casi 360 grados y sus colinas ofrecen increíbles vistas de las aguas que bañan sus orillas. Su ubicación, volcada al Pacífico, también tiene otra ventaja: una sensación de lejanía de las brillantes luces de Puerto Vallarta. Como pudimos constatar muy pronto, eso significa que las estrellas aquí son más brillantes que en la mayor parte de los lugares bañados por el Pacífico.
Y el romance no es ninguna novedad aquí en Punta Mita. El nombre es una adaptación local del vocablo azteca mictlán, que significa entrada al paraíso. Los arqueólogos sugieren que fue un sitio de relevancia religiosa para, por lo menos, seis culturas diferentes que vivieron aquí desde el año 2000 a.C. Y la analogía aún tiene vigencia. Punta Mita sigue siendo un lugar que permanece en esa infrazona única entre la tierra, el mar y los cielos.
En los años 90 del siglo XX, el gobierno del entonces presidente Carlos Salinas hizo un intercambio de tierras con los lugareños que mandó a los pescadores tierra adentro y cerró la entrada a la zona con una pluma. Fue el primer paso en la transformación de la península en una isla de lujo contenido. Luego llegaron los servicios modernos que continúan transformando a la comunidad residencial de 600 hectáreas en un lugar de una extravagancia fuera de serie: dos campos de golf de 18 hoyos diseñados por Jack Nicklaus y los hoteles y resorts más exclusivos de toda la bahía, el más nuevo de los cuales es el majestuoso St. Regis.
La marca St. Regis existe desde hace más de cien años, cuando se inauguró su primer hotel en Manhattan, en el emblemático edificio de estilo Beaux Arts que está en la Quinta Avenida y la calle 55. Y éste, que ocupa nueve hectáreas frente al mar para tan sólo 120 cuartos y suites, es el primero de la marca en América Latina (el segundo, en la Ciudad de México, abre en marzo de 2009), con todo y los lineamientos del código centenario de St. Regis: servicios personalizados, locaciones envidiables, alojamiento de lujo.
Aunque ninguno de sus edificios rebasa los dos pisos, sus cimientos son como los de la torre de Babel, en lo que se refiere a la mezcla de culturas. El estudio de arquitectura Hill Glazier —autor, entre otros, del Ritz Carlton de Bachelor Gulch y del One & Only Palmilla— usó materiales mexicanos, incluida la loseta de cerámica de Saltillo, textiles de Oaxaca, espejos artesanales y detalles de San Miguel de Allende; y de Europa vienen los muebles, los tratamientos del spa sueco y el servicio de mayordomo inglés (algo así como el personaje de Alfred en Batman, sólo que en lugar de ser tieso, ofrece una sonrisa y está dispuesto a cumplir cualquier capricho que a uno se le ocurra).
Los tres restaurantes de St. Regis ofrecen también un trío de sabores: mexicano contemporáneo, californiano y mediterráneo. Y en esa mezcolanza, lo único que le hacía falta al hotel éramos nosotros.
El Universo Surfero de Sayulita
 Si se mira un mapa regional, Punta Mita parece un trampolín en la punta oeste de lo que se conoce como Riviera Nayarit, un proyecto de turismo del estado que se inició en los años sesenta, cuando el director de cine John Huston pusiera la zona en el mapa con La noche de la iguana. En los últimos treinta y tantos años sus espectaculares playas pasaron de ser pueblos de agricultores y pescadores a destinos turísticos internacionales. Pero mientras que los hoteles y tiempos compartidos multinacionales que parecen cajas de zapatos gigantes han sido la regla, uno de los pocos lugares que han evadido la tendencia es el tranquilo pueblo de Sayulita, una media hora en coche hacia el norte de Punta Mita.
Más que un pequeño enclave de artistas, la comunidad tiene una idiosincrasia particular y se convierte en un zoológico cada vez que sube la marea. Sus olas, tanto aquellas que rompen en la playa como las que forman esos tubos sólo aptos para expertos, son el salón de juegos de cientos de fanáticos itinerantes. Y dado este tipo de clientela, en Sayulita puede conseguirse cuanto alimento orgánico se haya inventado, mucho café, música de Bob Marley en los estéreos y pan de plátano; todo con vista al mar.
En el mundo contracultural de los surfistas, lo más cercano a una franquicia que se encuentra aquí es Burrito Revolución, que a primera vista tiene todos los atributos necesarios para abrir muchos locales. Sus suculentos y enormes burritos de camarones (no hay manera de metérselos a la boca) hechos al gusto, a 60 pesos, son una leyenda desde Puerto Vallarta hasta Tepic. Pero que ni se emocionen los inversionistas, su relajada actitud surfera y su estilo de cocina abierta no tienen la menor intención de mudarse a ningún lado. Además, sus camarones son recién sacados del mar y la receta de su salsa especial es secreta. Y así es como les gusta tanto a los dueños como a los clientes. Con lo cual, el único lugar donde puede comerse un burrito revolucionario es en Burrito Revolución, en Sayulita.
Justo enfrente, junto al mercado huichol y el parque central, Chocobanana, un cafecito, sirve una golosina simple pero poderosa: plátanos congelados bañados en chocolate y chispas, todo directo desde las manos de la dueña y fundadora Tracie Willis. Quien se quede ahí lo suficiente podrá deleitarse con su fascinante historia personal, que comienza cuando ella, embarazada, abandona su trabajo en un crucero para instalarse en Puerto Vallarta y termina años después con su hijo al lado mientras uno impide que se derrita un delicioso plátano entre las manos.
Las galerías pertenecen todas a los propios artistas y, aunque los volúmenes son más grandes en Puerto Vallarta, aquí a nadie parecen comerle las ansias. Conocimos a la neoyorquina Janine Kelleher, toda chorreada de pintura, en su galería/taller, donde trabaja principalmente con vidrio. Recientemente transplantada de ese mercado artístico mucho más grande, su entusiasmo por el nuevo hogar salta a la vista: “Decidí mudarme aquí por la comunidad, —dice— en Sayulita, la inspiración está en todas partes.”
Pero más allá de los burritos, los postres de fruta congelada y el arte, vinimos hasta aquí por la adrenalina. A medida que nos acercamos al agua, descubrimos la verdadera belleza de Sayulita: una playa expansiva llena de olas, atestada de surfistas y bañistas pasándosela bien. Ni Ruth ni yo somos, ni cercanamente, surfistas expertos. Así que tomamos clases con Eduardo, de pelo decolorado, quien reside bajo una palapa hechiza y da clases privadas por 300 pesos la hora en una tabla blanda (soft top) de tres metros y medio de largo: “suave en las costillas cuando estás persiguiendo la ola y más suave si te cae encima”, dice sonriendo.
En ese momento no teníamos ni idea de que también era capaz de abrir las aguas como Moisés hizo con el mar Rojo, usando solamente unos chiflidos categóricos tras los cuales toda la gente lo deja pasar entre las olas. También parece ser un lingüista talentoso, que asegura puede enseñar a surfear en seis diferentes idiomas, aun-que su vocabulario de trabajo es más bien simple y repetitivo, algo así como “paddle-paddle-paddle, up-up-up, y aaaaalright!”. Esto último lo grita cuando uno finalmente logra pararse en la tabla, jalado por una ola. Pero, para ser honesto, es casi imposible oír estas palabras. Tan pronto sientes que viene la ola, ya estás braceando, aullando, tratando de ponerte de pie. Es un nuevo espacio para la mente y el cuerpo que algunos, con razón, llamarían nirvana.
 Cuando cae la noche decidimos parar en la playa de El Anclote, unos metros al este de Punta Mita. En el límite del pueblo está el Café des Artistes del Mar, la más reciente creación del famoso chef francés Thierry Blouet. Ya en la mesa, nos damos cuenta del apetito que despierta una jornada de surf. Comenzamos con margaritas de tamarindo, para acompañar unas enchiladas de cangrejo, una torre de atún y unos ostiones de Baja California que nos sirven como entremeses. Después viene el gazpacho y el robalo escamado con papas, mousse de espinacas, mantequilla y finas hierbas al limón, y la inolvidable langosta termidor, que intercalamos con una botella de vino blanco chileno.
Al final de la noche, nuestro mesero Josué se acerca con el postre: pera pochada al oporto con helado de queso de cabra y destellos de pimienta rosa para Ruth. Pero al ver la mirada que le echo, Josué me ofrece una cuchara. “Si me deja”, respondo en lo que según yo es un español muy claro, pero Josué se ríe pensando que me refiero a que Ruth me deje por otro hombre. Ruth dice, “por supuesto que el mesero te dará permiso”. Ninguno de los dos me ha entendido. Sólo me preguntaba si Ruth estaría dispuesta a compartir (pues suele codiciar en serio sus postres). La confusión se disuelve rápidamente y Josué me trae lo que todos sabemos que necesito: una cuchara de plata.
Mientras ambos nos derretimos con nuestro postre a la luz de la luna, me pregunto si lo romántico no tendrá que ver con el humor; si no residirá en algún sitio entre el lenguaje y el ser. De una cosa estoy seguro después de una cena como ésta: las buenas cosas, compartidas, saben mejor.
El Turno de las Ballenas
Tras una cena a medianoche, la mullida e inmensa cama del St. Regis no es algo de lo que uno quiera necesariamente salir disparado. Mucho menos a las siete de la mañana. Pero estamos aquí y sabemos que no lamentaremos haber reservado un tour para ver ballenas. Kimi, nuestro guía, una parlanchina fuente de entusiasmo e información, nos relata historias antiguas relacionadas con el amor y el mar: en la tradición de Homero, las sirenas cantaban para los marineros. Y hoy, nos dice Kimi, bailan. Excepto que las sirenas ahora se llaman ballenas, criaturas aparentemente benignas (podemos admirarlas sin morir en el intento), pero con un atractivo, misterio y majestad de hace mucho tiempo.

La Bahía de Banderas es hogar de la jorobada, la más espectacular de las especies. Es el primer mamífero migratorio que el hombre haya conocido y viajan de aquí a las costas de Alaska todos los años. Con un periodo de gestación de 11 meses, para cuando las Megaptera novaeangliae vuelven de su viaje hacia el norte, ya están listas para continuar el ininterrumpido ciclo de la vida, todo el cual puede presenciarse desde Punta Mita.
Y por supuesto la llegada de las ballenas coincide con la de otras numerosas especies del norte, entre ellas cientos de aves marinas, y hordas de ciudadanos de Canadá y Estados Unidos, fantasmagóricamente blancos, deseosos de escaparse del frío. Como sus contrapartes humanas, las ballenas vienen en busca de climas cálidos y aguas seguras. Y aunque puede escuchárseles con ayuda de un micrófono submarino, verlas es lo que resulta realmente inspirador. Seguimos a un par que nada lado a lado. Sus colas resplandecen en la luz. Y de repente, de la nada, una emerge con la cabeza, luego muestra las aletas pectorales. En total son unos 40 mil kilos de bestia que se erigen hasta alcanzar los 16 metros de altura, sostenidos durante un momento por la cola. El animal, con una altura equivalente a la de un edificio de cuatro pisos, arquea lentamente el lomo y se desploma de vuelta en el mar, mandando un muro de agua que salpica como una bomba. Reina el silencio. Hasta Kimi se queda sin palabras. Por varios segundos, el único sonido es el del obturador de mi cámara. Tras revisar las imágenes, escribo tres palabras en mi cuaderno. “El romance es efímero.” Como la danza de una ballena.
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